Imaginada o real, la catástrofe posee la prodigiosa fuerza de surgir como la objetivación de lo que nos supera. Al desplegarse como un arco tensado entre lo real y lo imaginario, sigue atrayéndonos como una de las más bellas escapadas del espíritu humano.
—ANNIE LE BRUN
La era de las consecuencias MÓNICA NEPOTE
El desenlace de un río JORGE COMENSAL
La fragmentación del aire ALBERTO RUY SÁNCHEZ
Las contradicciones del fuego EDUARDO SANTANA CASTELLÓN
El vacío como recurso
ARIADNA RAMONETTI LICEAGA
De territorios indígenas y ecofascistas en 2099 JOSEFA SÁNCHEZ CONTRERAS
[material expandido]
Rodrigo Moya
La fascinación de Rodrigo Moya (Medellín, Colombia, 1934- Morelos, México, 2025) por el mar lo llevó a sumergirse en la inmensidad de su paisaje y en la diversidad de la fauna marina para realizar reportajes sobre la pesca en las costas del Golfo de México y del Pacífico, la península de Baja California y el Caribe. Luego de abandonar el periodismo de los semanarios al que dedicó doce años de trabajo fotográfico, Moya materializó la idea de editar una revista especializada en temas marinos a la que nombró Técnica pesquera y en cuyas páginas se encontraba su intensa labor como fundador, editor, reportero y fotógrafo. El primer volumen publicado por Ediciones Mundo Marino, en enero de 1968, anticipaba como línea editorial que todo texto se acompañaría de imágenes. La revista se mantuvo en circulación por veintiún años en los que aparecieron 257 números de periodicidad mensual.
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Rodrigo Moya. Imágenes tomadas en las costas y los litorales de México, entre 1968 y 1989. Archivo fotográfico Rodrigo Moya. Cortesía Susan Flaherty
Donde alguna vez se erguían gigantes
David Lauer
Conmueve profundamente la belleza sorpresiva y estrujante de la Sierra Tarahumara pero también, en otro sentido, la destrucción provocada por el llamado “desarrollo” de sus territorios. El empobrecimiento crónico y el racismo subyacente en la región son consecuencias que fomentaron el modelo de aprovechamiento forestal impuesto a fines del siglo XIX, que se extendió al XX, y que ahora se caracteriza por un extractivismo aún más destructivo en un bosque muy debilitado, tras 150 años de sobreexplotación.
La ciencia comprueba lo que los pueblos originarios siempre han sabido, que todo está interconectado. Sin la lluvia que generan los bosques, la milpa no crece, los arroyos y los ríos no fluyen y no se recargan los acuíferos en los distritos de riego del desierto de Chihuahua, Sonora y Sinaloa. Los árboles se comunican entre sí, piden y reciben ayuda de sus congéneres y enfrentan juntos los peligros de la existencia, sin embargo, no tienen cómo defenderse contra la motosierra ni contra corazones ofuscados por la codicia y el poder.
Vastas fortunas han salido de los bosques chihuahuenses, pero han dejado muy poco para la gente serrana. Los estragos de ser una “zona de sacrificio” se manifiestan en la degradación del entorno, de las estructuras sociales y de las relaciones humanas. Como enunciaba la poeta Roloisi Batista: la agresión ejercida contra los seres vivos del bosque por codicia finalmente se ejerce contra uno mismo. La abyecta y absurda violencia que se vive ahora hace pensar que el único camino de recuperación para nosotros y para el bosque es un profundo cambio de conciencia, una transformación que pone en acción la interdependencia y la reciprocidad por encima de todo.
Proponer el rescate del bosque mediante la siembra de plantaciones de rápido crecimiento con ayuda de herbicidas, como sucede en otros países, es seguir violentando el bosque y la vida misma. Se transforma un hermoso y milagroso entramado vital llamado gawí en una burda fábrica gris y tóxica, desprovista de vida. Gawí es la palabra ralámuli para “monte”, “montaña”, “bosque” y también para el “Mundo”, el mundo que se enseña a cuidar. Cuando se acabe elbosque, se extingue el mundo.
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Fotografía y edición de imágenes: David Lauer
Audio: Emiliano López Rascón
Edición en video: César Flores
